9.01.2010

Ni pianista, ni católica, ni madrugadora. Sólo andariega.

Lo conocí cuando tenía 47 años. Lo recuerdo de bigote poblado y mucho cabello muy negro. No lo recuerdo de antes y me cuesta llegar a la primera imagen que tengo de él. Lo primero que me viene a la cabeza son los “paseos” a Envigado, a alguno de los bancos en los que era mensajero, en 1986 ó 1987.Pero el recuerdo que con más fuerza me llega es el del día que lo despidieron del banco, en 1988. Poco faltaban para las 8 de la mañana y mi mamá me preparaba para salir al kínder. Él había salido un par de horas antes y de pronto, regresó. En la mano tenía una carta de despido que mi mamá leyó. Después de cerrarla, lloraba y mi papá la abrazaba y yo, sin saber muy bien por qué, también lloraba.
Luego, vinieron las tiendas, una tras otra: salsamentarias, tiendas de barrio, billares, bares, restaurantes. Unas lejos y otras cerca de la casa, unas mejores y otras peores… ya en otra oportunidad hablé de lo práctico y grato que había resultado en mi vida ser ‘la hija del tendero’, como me llamaban de forma despectiva algunas niñas del colegio en el que estudié.
Mi papá tiene 68 años, nació el año en el que la segunda guerra mundial estalló, se casó a los 42, porque primero trajo a todos sus hermanos a vivir a Medellín, a la ciudad, a la casa que él comenzó a construir. Años después, esos hermanos tratarían de dejarlo por fuera de la herencia, porque él no era hijo de mi abuelo, sólo de mi abuela, era un “hijo natural” y, como si todos los hijos no fueran naturales, varias veces lo juzgaron por ello.
Él quiso que yo fuera música. A los 4 años me regaló una organeta pequeña, a los 8, una organeta más grande. Me llevaba a clase de piano, de guitarra, de tiple; al coro de la Escuela Popular de Arte. No lo logré. La música no es lo mío, no tenía talento, no logré cultivarlo, no le di a mi papá el gusto de verme sentada frente a un piano, como era su deseo.
Además de la música, me invitaba a madrugar con él, unas veces para salir a caminar, cuando Robledo era más montañas que urbanizaciones. Subíamos por La Pola, encontrábamos quebradas, árboles de mangos, de pomas, flores… Otras veces, me invitaba a acompañarlo a la plaza de mercado donde me enseñaba cómo comprar legumbres. Hoy, soy pésima madrugadora, no soy muy amiga de las caminatas ecológicas y puedo, más o menos, comprar verduras en el supermercado.
Durante una época, mi papá nos obligaba a madrugar los domingos a misa. Era su deseo (y obligación católica) que la familia fuera junta a misa, que rezáramos juntos, que comulgáramos siempre. La travesía era divertida. Caminábamos desde el parque de Robledo hasta Calasanz, bajábamos por El Pesebre, que era un barrio ‘caliente’, donde las milicias urbanas hacían grafitis en las paredes. Para mí, caminar por allí era una odisea que me llenó de curiosidades.
En Semana Santa, él era uno de los apóstoles, cargaba santos, llevaba el sepulcro, leía en las misas, cantaba en el coro. Semana Santa era para nosotros una época sacra, mística. Siempre estrenábamos los jueves y los viernes y estábamos elegantes, porque era una conmemoración que merecía respeto, solemnidad. Hoy, no voy a misa, no profeso ninguna religión ni sigo ningún ritual, excepto el de buscar alguna procesión de viernes santo con algún ingrediente particular para ir a tomar fotografías.
Peleo con él, a veces mucho, más de lo que quisiera. Pensamos diferente respecto de la mayoría de las cosas. Pero cuando sucede, siempre recuerdo que él me acercó a la música, me compró libros desde que soy pequeña, me llevó a museos y a la biblioteca. Aunque no terminó el bachillerato ni en la nocturna en la que estudió a los 40, dónde solo alcanzó el cuarto bachillerato, como se decía en esa época, para él siempre lo más importante ha sido que sus tres hijas estudiemos, esa es su más grande herencia.
Hoy, con casi setenta, sigue siendo tendero. Se acaba de embarcar en un nuevo proyecto. Una tienda más, un nuevo barrio por descubrir, nuevos vecinos y nuevos amigos lo esperan en ese esfuerzo que hace por seguir sintiéndose vivo, sano, útil, protector, el hombre de la casa. El hombre que a punta de trabajo ha sido siempre.

* Esta tarde recordé que con mi papá conocí los billares (ese fue otro de sus negocios en alguna época) y que él me mostró las calles del centro de Medellín y me repitió sus nombres, me llevó a recorrerlas y me enseñó a transitarlas.

3 comentarios:

Cronopia Azul dijo...

¡qué bonito hablar del papá! sin duda, por más distintos que lleguemos a ser, un buen padre, una buena mamá, es lo mejor que tenemos para escribir.

¿se lo mostraste?

Lully dijo...

Un texto suelto y refrescante. Rico que sigas con tus publicaciones, tienes madera.

Un abrazo!

Jan Puerta dijo...

Que buenos son los recuerdos. Que bien el compartirlos y hacernos participes de detalles tan personales.
Gracias.
Un abrazo