4.01.2008

La tienda de mi barrio, la tienda de mi casa


En las mañanas, después de la misa, se sentía el fresco olor de los vegetales que apenas desempacaban y que venían desde la plaza de mercado. Cebollas, tomates, plátanos, y el más oloroso, el cilantro. Ese era el olor de la mañana en la tienda del barrio. La tienda se metía por el olfato y conquistaba a las señoras que también salían de misa y pasaban a saludar y de paso a comprar lo que necesitaban para el desayuno o para empezar a montar el almuerzo.

La tienda también llegaba hasta la piel, porque uno de los mejores momentos del día, y que reviví muchos años después al ver Amelie, era cuando los recipientes que contenían los granos rebosaban hasta el borde. Grandes cajas de madera, una tras otra, en las que había fríjoles y maíz. El maíz era el más delicioso al tacto, tal vez por ser más pequeños y por ese polvillo blanco tan suave que los cubría. Meter la mano dentro de la caja y dejar que los dedos se fueran deslizando hacia el fondo, luego la palma de la mano, la muñeca y una parte de los brazos, moverla, sacarla y volverla a hundir era uno de mis juegos favoritos.

A la tienda de mi barrio llegaban las señoras a pedir los fiados, y cada día se alargaban más las listas copiadas con letra ilegible detrás de los cartones de cigarrillos desarmados. Llegaban los niños con monedas a preguntar “¿qué me alcanza con ésta?” llegaban los señores a pedir un aguardiente para comenzar la faena diaria, llegaban los pordioseros una vez a la semana a llenar sus bolsas con lo inservible del surtido que para ellos era como el mercado semanal.

Así mismo, era la tienda de mi barrio el epicentro de chismes, habladurías y comentarios. Detrás del mostrador todo se sabía de primera mano.

La tienda, desde su simplicidad, desde su cotidianidad, ha permitido hacer una radiografía de la sociedad que a su alrededor existe. En lo económico, supimos, por ejemplo, de ese universitario que vivía solo con su mamá, y que llegaba cada día a comprar un huevo, un cigarrillo y un sobre personal de Nescafé; lo curioso era que su madre llegaría, siempre, a hacer la misma compra, unos minutos más tarde. Los de la tienda no se explicaban cómo dos personas adultas, madre e hijo, de un barrio estrato 3, no podían compartir un gasto tan básico como el pan de cada día.

Y otra historia, con repetición cada fin de semana, era la los padres de familia que llegaban con sus hijos y compraban uno o dos cartones de cigarrillos (cajas que contienen 20 paquetes, que contienen 20 cigarrillos) y litros de aguardiente antioqueño. Una familia que parrandea, que fuma, que bebe, como casi cualquier otra de una Medellín que parrandea, que fuma y que bebe… pero esos hijos pedían unos dulces que acompañaran su pequeña fiesta, dulces que les eran negados porque “la plata no alcanza”. Una extrañeza más, algo a lo que tampoco encontrarían explicación los de la tienda, que han trabajado toda su vida por ver crecer felices y tranquilas a sus hijas.

No fue la tienda ajena a las vacunas que querían cobrar los que cuidaban el sector, así como no lo fue a vivos y pícaros que se valían de mañas para recibir la devuelta de 20 mil pesos cuando habían entregado un billete de 10 mil, además falso.

En la tienda conocí amigos y tuve mi primer trabajo haciendo domicilios, recibía algunas monedas de propina y a veces contestaba el teléfono. Mi padre siempre estaba tras el mostrador, porque él ha sido, desde que tengo memoria, don Samuel, el tendero, oficio que me valió una buena pelea en los años de bachillerato, cuando la hija de alguien más lo dijo con un envalentonado tono de desprecio “Ahí va la hija del tendero”. Y por ser la hija del tendero -una de las tres que tiene- nunca he tenido que ir a la tienda de la esquina por una bolsa de leche, ni he tenido que salir desesperada a conseguir alguna de esas cosas que se acaban y tienen que conseguirse ya, porque todo ha estado siempre a tres pasos de la cocina, de la habitación o de la sala.

Esa soy yo, la de la tienda, la hija del tendero, del que regaña a los niños que le llevan postres que ellos mismos hacen y que quieren tener allí el trabajo de arreglar el revuelto y de organizar los estantes; del que saluda a todo el barrio, del que atiende con paciencia o con impaciencia, según el día, según el caso; del que pela yuca y la empaca ya picada para que las señoras no tengan que hacer semejante esfuerzo, del que va todas las mañanas a la plaza para traer las verduras frescas. Don Samuel sabe que “fiar no paga porque se pierde el amigo y se pierde la plata”, pero también sabe que “el que tiene tienda, que la atienda y si no que la venda”, por eso no la ha vendido, porque después de tantos años de entrega, prefiere seguirla atendiendo. Sigue en mi barrio la tienda que existe en cada barrio de cada ciudad, en cada cuadra, en cada esquina hay una tienda haciendo antología de la realidad.

5 comentarios:

Laura Giraldo dijo...

Este articulo, de alguna forma tiene también que ver conmigo, y al leer esto, no puedo evitar pensar en las épocas de la escuela, donde pasé de ser la hija del presidente de la asociación de padres de familia a ser con orgullo la hija del señor de la tienda de la misma escuela, y era muy divertido ver como todas las niñas hacian largas filas en un recreo de tan solo media hora para comprar unas papitas y una gaseosa, mientras yo pasaba por un ladito a sacar mis papitas y mi gaseosa. Es muy divertido también ver que aún cuando ya hemos crecido, todavía nos siguen diciendo "No, es que yo con una tienda viviría feliz" y es verdad, a pesar de muchos problemas que la tienda, cualquiera que sea, nos ha traido, siempre ha sido una tranquilidad, un orgullo y una felicidad muy grande, pues es maravilloso contar que la cocina de mi casa se extiende por todo el primer piso.

Jorge dijo...

Ah, que belleza mi amiga Jenny. yo soy uno de esos que dice como señala Laurita "con una tienda sería feliz".

Bonito relato, y ni qué decir del tono. Don Samuel es un bacán, saludalo de mi parte.

Recibí un abrazo, orgullosa hija del tendero.

Velvet dijo...

Que buen tema este de las tiendas de barrio. A mí sí, en cambio, me tocó ser el hijo de que hacía los mandados. A veces cada quince minutos pues las mamás siempre se olvidan de algo cuando le hacen o le escriben a uno la lista.

Y me acordaste del clásico 'fiao' detrás de los cartones de cigarrillos. Ja!, ¿qué me dices del palo de escoba con un clavo en un extremo para bajar el rollo de papel higiénico marca Popular de las estatenrías de madera en lo alto de la tiendita? Ah, que tiempos y qué recuerdos...

LA TIENDA DE MI BARRIO dijo...

SALUDOS DESDE BARRANQUILLA
EL TEMA ES TAN INTERESANTE QUE SIENDO PRODUCTOR DE TELEVISION CREE EL PROGRAMA LA TIENDA DE MI BARRIO EN TELECARIBE TODOS LOS DIAS DE 6 A 8 DE LA MAÑANA.
ALLI ENTREVISTAMOS A TENDEROS EN SUS TIENDAS Y EL SET PRINCIPAL ES UNA TIENDA CON UN TENDERO, POR FAVOR PUEDEN VER EL PROGRAMA EN SU COMPAÑIA DE CABLE, ME PODRAN ENVIAR COMENTARIOS BIEN AL CORREO latiendaemibarrio@gmail, o por FACE BOOK grupo la tienda de mi barrio.
SALUDOS Y ABRAZOS
ES UN TEMA LINDO

Leonardo dijo...

Aaahhhh, que delicia de lectura; lindo tu relato.......quien no ha vivido la maravillosa experiencia durante la niñez, de ir a la tienda del barrio, donde el señor que la atiende cada día nos daba los buenos días con un apodo diferente?y muy rara vez por el nombre?jaja...
Maravilloso!!!