10.10.2007

Episodios: libros

“Alejandra: Este regalo no tiene nada que ver con nuestras conversaciones 'peleadoras'. Por favor no lo relacione. No lo interprete como que yo quiera reivindicarme con usted.
Mejor asúmalo como una ofrenda a todo lo hermosa que usted es y a su risa. Sepa que yo le amo y este libro quiero que usted lo tenga sólo por eso.

Fdo B.”

Si tuviese que elegir un solo lugar para pasar el resto de mi vida, no dudaría en escoger una librería. No es secreto que me gasto los remanentes de mi sueldo en libros, que es el objeto en el que pienso siempre que voy a dar un regalo, que tengo tantos que ya no los puedo acomodar, que siempre cargo dos o tres en mi bolso (uno académico, otro de literatura y otro de periodismo o, en su defecto, una revista) y que pienso pasar mis últimos años leyendo lo qué no alcance a leer por estos días agitados.

Qué sensación encantadora me produce ver los inmensos estantes a reventar, husmear los que mi estatura alcanza, olerlos un poco y manosearlos cuando la prudencia no me alcanza. Me gusta imaginar lo que se esconde entre páginas, ¿de qué hablará por ejemplo Los límites en la femineidad de Sor Juana Inés de la Cruz? En internet dice que es un estudio que “analiza los límites y posibilidades que confirieron, en el campo literario, la condición femenina de Sor Juana y la recepción de su obra hasta el siglo XX.” [1] No sé si algún día éste llegue a mi biblioteca.


Adoro los libros de arte, y siempre que los hojeo y paso mi vista rápida sólo puedo imaginar lo qué me causaría tener en frente una obra original de Goya, de Delacroix o de Dalí. Sólo tuve una vez en frente a Rembrandt, claroscuros impecables que impresionaron mi retina, y aún no han desaparecido. Pero sé que el día que vea a Goya, que sepa que fue su mano la que pasó por la superficie que tenga en frente… pero hoy se trata de libros, y no de pintura.


Otra sensación que me acompaña desde hace algunos años, es la que me produce pensar que desde pequeña, cuando leí por primera vez las Narraciones Extraordinarias de Edgar Allan Poe, Bola de Sebo de Guy de Maupassant, Del amor y otros demonios de García Márquez o Colombia Amarga de Castro Caycedo, los escritores eran personajes difusos, casi irreales, existían sólo a través de su libro. Pero hoy, al llegar a una librería, veo a Juan José Hoyos, a Héctor Rincón, a Pablo Montoya, a Juan Carlos Garay, en fin, amigos, profesores, conocidos, que también son escritores y que existen más allá del papel.

Pero aún con lo inquietantes que me resultan ciertas librerías, como la Científica
, que queda en Boyacá, y a pesar de que preferiría vivir en una de esas, no puedo evitar pasar por un lugar escondido del centro de Medellín, que despierta todos mis afectos.

En el Pasaje La Bastilla, un paso peatonal que hay entre Ayacucho y Pichincha, una cuadrita abajo de Sucre, está el Centro de la Cultura y el Libro. Una serie de locales estrechos en los que se ofrecen casi toda clase de libros. Los escolares se mueven mucho a principio de año, los compras o los vendes. Ejemplares como Anthony de Mello y Paulo Coelho también tiene acogida entre el público lector que visita este lugar. Best sellers y novedades editoriales también se ofrecen a costos moderados o a bajos costos, hay para todos. Por ejemplo, ese libro nuevo, el que escribió Virginia Vallejo, esa mujer frustrada que ya no sabe que más hacer con su vida y se dedicó a destapar ollas podridas, así éstas no contengan nada, se puede conseguir en el Pasaje la Bastilla, hasta por diez mil pesos.

Cuando uno va caminando, los afanosos vendedores te preguntan, te ofrecen, te venden, abunda la piratería, que, cómo suele suceder con gran parte de los delitos del país, es ignorada. Los precios no se deben sólo a los segundazos que allí se consiguen, muchos, muchos de los libros son piratas. Es más, cuando preguntas por un título, ellos preguntan ¿Pero va a llevar el original?


Pero entre tantos piratas, Cohelos, Vallejos (no confundir) y Mellos, en el segundo piso, en un local que parece aún más pequeño que los demás, Capote, Mishima, Miller, Dahl, Nietzsche, Calvino, Yourcenar, Peri Rossi, Saramago, Cortázar y tantos otros que apenas asoman tímidamente sus lomos, entre tanto y tanto que hay para leer, descansan de grandes librerías y antiguos dueños.


Un hombre que saluda y referencia cada uno de los textos que vende, que hay que decir que son tan baratos como más no se puede, guarda en sus estantes tesoros literarios, relatos, lecciones, trucos, una foto con un candidato a la alcaldía, y guarda, sobre todo, la certeza de que el libro que uno necesita o que uno desea “en estos días cae”. Así como cayó uno de los más preciados que ha llegado a mi pequeña biblioteca, El Nombre de la Rosa de Umberto Eco, RBA Editores, pasta dura, diez mil pesos, venía incluso con dedicatoria:

De un tal Fdo B., para una tal Alejandra.

Fotografía de DJVue en Deviant Art

13 comentarios:

Melpómene dijo...

Hermosoooo me encantooo, que lindo escribes. Así como tu yo tambien tengo mi bibliotequita, aunque no me queda mucho tiempo para leer y soy inconstante los zapoteo todos y poco a poco los voy evacuando. El texto me puso la piel de gallina, me trae muchas cosas a la mente, a la persona que más adoro en el mundo y que así como tú, gasta casi su sueldo en cantidades de libros que a sus 55 años no creo que alcance a leerlos pero que con total convicción dice que si: Mi papá :).

Jenny Giraldo García dijo...

Gracias, Melpómene. Me animas a cintinuar trasnochando!

Velvet dijo...

Pues que buena entrada, escribes muy bien.

Verás, yo soy (era) un buen lector. Mi adolescencia completa (desde los once años) la viví en una biblióteca. Primero la Marco Fidel Suárez en Bello, ahí donde está ahora pero más feíta. Luego cuando me cansé de repasar todos sus libros, leyendo los que me gustaban o sencillemente ojeando aquellos que no me fui para el centro a la de Comfenalco y luego a la de Comfama. La Piloto nunca me gustó.

Recuerdo que me propuse que antes de llegar a los cincuenta años me iba a leer todo lo que pudiera de eso que llaman "Litertura Universal" y empecé bien, leyendo primero novela francesa (que me encantó especialmente la del siglo XIX) y después española y más adelante inglesa. Después me entusiasmé con la literatura latinoamericana, sobre todo la argentina y la mexicana y por supuesto la colombiana.

Por esas cosas que llegué a cansarme (seguro no tengo el espíriu que tu conservas) y otras cosas fueron desplazando los libros. Por ejemplo de ida y vuelta al trabajo en el metro me leí decenas de libros. Ahora ese tiempo se va oyendo radio. No sé como puedo pasar eso pero así fue.

Conservo eso sí, la esperanza de que por alguna razón pueda volver a tener el tiempo de leer como antes. siento que la llama está ahí en espera de ser avivada nuevamente (me quedan unos 20 años para cumplir mi meta ;-)

Mientras tanto bueno es leer lo que escriben otros mas cercanos, como este post tuyo que dio para que hiciera uno de los comentarios más largos que hecho jamás.

Muchas gracias.

Jenny Giraldo García dijo...

Velvet... Pues gracias a vos. Bienvenido siempre!

Galo dijo...

Hasta que descubrí tu blog. Muy bacano el post, y bueno, a mí también me encanta leer, aunque en los últimos meses he perdido el ritmo. Saludos, me gustó el blog.

Jorge Montoya dijo...

Ay que belleza, me entusiasmé demasiado con esto. Me hizo recordar mis tiempos cuando leía mucho mucho, cuando decían que estaba "perdiendo el tiempo" entregado a la lectura. En estos días he estado con la necesidad de volver a los libros.

Cada post me afirma en que el mundo no se podía privar de tu escritura al servicio de un blog. Estos ejercicios te están saliendo de lo más universal.

Sigo atento a cada letra próxima.

Jenny Giraldo García dijo...

Galo
Qué bueno que lo descubriste. Un gusto tenerte por acá. Y nos seguimos viendo.

George
Gracias, una vez más. Trataré de no privarte de mis palabras.

trejos-comics dijo...

MUY BONITO... A MI ME GUSTARIA VIVIR EN UNA LIBRERIA INFANTIL... ESTE AÑO FUI A LA FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO... Y EL PABELLON INFANTIL Y JUVENIL ERA COMO ESTAR EN EL PARAISO... FUI TODA LA SEMANA CON MI HERMANita... PARECIAMOS NIÑITOS MIRANDO TODOS LOS LIBROS.... MUY BUEN ARTICULO... FELICITACIONES.
www.trejoscomics.blogspot.com

Jenny Giraldo García dijo...

Gracias, Trejos! Qué bueno encontrar esos gustos en otras personas. Si pudiese escoger un oficio alterno, sería ilustradora de libros infantiles (entro otros). Me encantan.

Oyerista dijo...

A veces me debato entre la biblioteca o la librería, océanos virtuales. Gracias por recordarnos el encanto de esos libreros que aún quedan... Sentí un poco de nostalgia por Fernando ¿habrá apreciado Alejandra su gesto?... De alguna manera entiendo al papá de Melpomene, puedo pasar horas sólo contemplando los lomos de mis libros en sus estantes y ojeando u hojeando algunos de ellos, viajando por la memoria o soñando despierto. Namasté Jenny.

Jenny Giraldo García dijo...

Gracias, Oyerista. La biblioteca es una buena opción, pero los estantes tan pegados me producen como vértigo, en serio, siempre tengo esa sensación cuando paso entre estante y estante. Gracias po la vista, volvé!

caruri dijo...

Jenny, no sabía de tu blog. Me lo encontré por cierta casualidad, viendo otras cosas. Y me encantó.
Este texto sobre los libros es rico, se deja leer como un cono se deja saborear. Te visitaré con frecuencia.
Un abrazo.

Oyerista dijo...

Te invito a la Virgilio Barco, tiene espacios abiertos y evocadores, los estantes están a la altura del ombligo y la lectura se desliza luminosa, el fin de semana la visitamos papas e hijos y es conmovedor, hasta se imagina un futuro más interesante ... Bueno, sólo pasé a saludar. Ciao