5.12.2018

Mujeres y ciudad, un asunto de derechos



¿De qué hablar hoy cuando nos invitan a hablar de mujeres, feminismos o violencias de género? Como si hubieran estado en una olla a presión—y uso esta trillada metáfora por lo cotidiana que nos resulta—, han emergido con fuerza todos los temas, las reivindicaciones, las quejas: la violencia y el acoso sexual, especialmente en ámbitos laborales, la ausencia de mujeres en diversos espacios públicos de discusión, la paridad en la participación política, las brechas salariales. Cada vez reconocemos nuevos escenarios de discriminación y aparecen entonces nuevas luchas. En esta oportunidad, me concentraré en una que, por supuesto, guarda profunda relación con muchos de los hechos recientes que han dominado las agendas local, nacional e internacional: el derecho a la ciudad de las mujeres.

Marcha de las mujeres. 8 de marzo de 2018. Medellín.


¿Y es que es distinto hablar del derecho a la ciudad de las mujeres que del derecho a la ciudad de los hombres? En un escenario ideal no tendría que serlo. Las mujeres deberíamos ser tan dueñas de la ciudad como los hombres. Deberíamos tener el mismo acceso y las mismas posibilidades para construir, habitar y recrear nuestras ciudades; sin embargo, la definición de lo masculino y lo femenino sigue estando ligada a lo público y a lo privado respectivamente, y la socialización de los géneros aún parte de la división sexual del trabajo que pone a las mujeres en desventaja. Esas diferencias las notamos hoy en asuntos como el tipo de juguetes que se venden para los niños y las niñas, en la práctica de los deportes y juegos de equipo en la escuela o en el número de horas no remuneradas que trabajan hombres y mujeres. Si miramos esos elementos, podemos ver que hay unos condicionamientos que limitan el uso del espacio público para las mujeres y, por lo tanto, las garantías de su derecho a la ciudad.

Si bien la industria de los juguetes ha cambiado, no hemos llegado a un punto en el que niños y niñas puedan elegir libremente un juguete (o un color de ropa o de cuadernos) sin que medien condicionamientos relacionados con su sexo: hablamos del típico “azul para los niños, rosado para las niñas”; y no se trata solo del color, sino del tipo de juego. Entren a una juguetería en época navideña y hagan una revisión concienzuda de lo que allí se ofrece para niños y para niñas y cómo esto influye en la asignación de los roles de género. O vayan a un colegio a la hora del descanso y observen las actividades propias de los niños (juegos en equipo, fuerza física) y las de las niñas (revisión del celular, corrillos de conversación en los corredores). Ninguna de estas actividades surgió del deseo infantil, las elecciones de los niños, las niñas o los adolescentes son producto de las prácticas culturales en las cuales se desenvuelven. Valga decir, entonces, prácticas culturales machistas que limitan el libre desarrollo de la personalidad e imponen formas de ser hombre o mujer.

El último ejemplo que traigo a colación es el de las horas de trabajo; las cifras más recientes de la OIT que tengo a la mano (2016) muestran que las mujeres, sumando horas remuneradas y no remuneradas, tienen jornadas más largas. En Colombia el dato es desalentador: en horas, los hombres duplican a las mujeres en trabajo remunerado, mientras que en trabajo no remunerado, son las mujeres las que triplican —y un poquito más— a los hombres (Ver estudio Cepal). Esto tiene que ver con la cantidad de horas dedicadas a las tareas domésticas y al cuidado de los hijos, tareas que habitualmente no asumen los hombres de la casa, así ambos trabajen y tengan horarios por cumplir. A nosotras se nos enseñó desde pequeñas que cuidar bebés era un asunto esencialmente femenino. Hombres y mujeres ponemos en práctica lo aprendido cuando crecemos. No es difícil adivinar quién tiene mayores posibilidades de goce y disfrute del espacio público y la ciudad.

Ahora, a los estereotipos y las construcciones sociales de género, sumemos lo que sobreviene en términos de violencias contra las mujeres en el espacio público. ¡Las mujeres tienen miedo de salir a la calle! No, no es una exageración. Percibimos la ciudad como un riesgo, sabemos que debemos salir, que encerrarnos no es una opción, pero al mismo tiempo somos conscientes de que, además de los robos y atracos, la calle es un escenario en el que se ponen de relieve las desigualdades. El acoso sexual callejero es una de esas expresiones, y su justificación es la idea mezquina de que los cuerpos de las mujeres están al servicio y para el placer masculino. Muchas mujeres tienen claridades frente a los lugares que deben evitar, por dónde pueden caminar solas, cómo deben vestirse y a qué horas se deben entrar. La cultura nos despliega una serie de dispositivos de seguridad y de control frente al cuerpo de las mujeres que limitan las posibilidades de uso del espacio público; como estrategias de protección, aparecen censuras y prohibiciones impuestas y autoimpuestas.

Y a todo esto, se suma que tenemos ciudades al servicio del capital, planeadas y construidas para las actividades productivas, que desconocen los trabajos del cuidado y las rutas propias de las mujeres que, además del trabajo remunerado, realizan otra serie de labores que exigen otros tránsitos. Aunque la búsqueda de la igualdad nos tendría que llevar a que esta economía del cuidado esté en manos de hombres y mujeres, hoy la realidad es que, mayoritariamente, ellas son quienes la asumen: cargan bebés, llevan niños de la mano, arrastran cochecitos, empujan sillas de ruedas y se les suele ver con más frecuencia en tacones y con bolsas de mercado.

La Carta por el derecho a la ciudad de las mujeres (Barcelona, 2005) contempla estos aspectos. Y muchos más. El derecho a la ciudad está vinculado con la participación política, la representación en escenarios de planificación urbana y territorial, el acceso a los servicios públicos, las condiciones del transporte público, el acceso a la vivienda, etcétera. Necesitamos políticas que consideren la situación particular de las mujeres en el mundo y en las ciudades, que comprendan que, debido a la división sexual del trabajo, somos nosotras quienes afrontamos trayectos y desplazamientos con mayores dificultades que los hombres. Necesitamos, además, seguir insistiendo en las necesarias transformaciones culturales para que hablar del derecho a la ciudad —como conquista o como reivindicación— nos involucre a todos, hombres y mujeres, en igualdad de condiciones, y así, seguir eliminando las brechas y destruyendo las dañinas ideas sobre los lugares que cada género debe ocupar.

En ese sentido, es urgente que desactivemos ideas machistas, como aquella que responsabiliza a las mujeres que usan minifalda de las conductas de los hombres que las rodean. O creer que la crianza y el cuidado del hogar son asuntos de las mujeres, o que por ser más organizadas o “limpias” debemos asumir tareas domésticas en los ámbitos laborales. La tarea es ardua y exigente, para todos, sí, pero especialmente para las mujeres. Salir a la calle el 8 de marzo, por ejemplo, es una forma de decir que la ciudad también es nuestra, que queremos que las calles y aceras sean ocupadas por las mujeres, sin miedo, sin rechazo, sin que los hombres acudan a sus prácticas tradicionales para amedrentarnos y hacernos sentir que más nos valdría estar encerradas en cualquiera de los claustros contemporáneos que nos corresponden. Nuestras son las calles, nuestros los espacios públicos y nuestras las oportunidades.

Me permito una posdata:
No deja de sorprenderme (cada día me sorprende más) que aún tengamos eventos en los que todos los invitados son hombres. Pasa con mucha frecuencia. Y esto también tiene que ver con el lugar de las mujeres en la ciudad y en la esfera pública. La excusa de que no invitamos por su género sino por su conocimiento es hoy inválida. Los hombres han estado siempre al frente, han sido visibles, por eso, cuando pensamos en nombres, siempre serán los masculinos los que aparezcan primero. Dejemos la pereza mental, esforcémonos un poco, obliguémonos a un 30 por ciento de mujeres participando, no lo hagamos por cumplir una cuota de género, hagámoslo porque hay mujeres que tienen aportes valiosos por hacer y porque históricamente, estamos en deuda con esas voces.

3.10.2018

Un inventario de mis escritoras invisibles

Fragmento del afiche Día de las Escritoras 2016. Faloys Bertrand.

Hace algunos días organicé mi biblioteca. Me había hecho el propósito, meses atrás, de disponer una estantería solo para las mujeres escritoras, quería abrirles un espacio especial, a la vista de las miradas curiosas que entran a la sala de mi casa y observan los lomos de los libros. Comencé a separarlas: Marguerite Yourcenar, Irene Nemirovski, Piedad Bonnett, Marcela Serrano, Ana María Matute, Rosa Montero, Wislawa Szymborska, Amélie Nothomb… y así las fui disponiendo, una a una, nombre a nombre. Y cuál fue mi sorpresa, mi decepcionante sorpresa, cuando terminé de organizar los libros de literatura y periodismo escritos por mujeres y alcancé a llenar una sola repisa de una de las bibliotecas de mi casa.

A partir del debate nacional que suscitó la ausencia de escritoras invitadas al evento académico en París en noviembre del 2017, hice un recuento por mi recorrido personal con las mujeres y la literatura, que comenzó por las que había leído en la infancia y en la adolescencia y culminó con la organización de mi biblioteca. Tras tres décadas años de vida lectora, es evidente el lugar relegado de las mujeres escritoras, su ausencia e invisibilidad, los pocos nombres que reconocí en la infancia y las pocas lecturas con acento femenino que llegaron a mí a través de las aulas y las clases de español.

Recordé un muy grato curso de literatura latinoamericana en la universidad, con cuatro grandes nombres masculinos: Roberto Bolaño, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Todos maravillosos. ¡Pero en el único curso de literatura que vi estudiando comunicación social no leí a una sola mujer! También pasé por la clase de periodismo y literatura: Capote, Tom Wolfe,  Gay Talesse, Hunter Thompson. ¡Y Oriana Fallacci! Bendita entre los hombres, como suelen decir.

Y en el colegio, pues qué decir: el pedagógico Carlos Cuauhtemoc Sánchez, Jorge Isaacs, Juan Rulfo, Benito Pérez Galdós, Manuel Mejía Vallejo, García Márquez —cómo no—, resúmenes o fragmentos de los poemas de Homero, Pedro Calderón de la Barca, algunas puntas de Shakespeare y uno para mí inolvidable: José Luis Martín Vigil. No, tampoco acuden a mis recuerdos voces literarias femeninas. ¿En serio será que no leí a ninguna? ¿No me gustaron y las olvidé? ¿La profesora (siempre tuve una profesora de español) no les dio la fuerza suficiente como para que permanecieran en mi memoria? Por ahí en la adolescencia se coló Ángela Botero López con sus líneas poéticas que unos años después encontré obvias y cursis. Más atrás, en la infancia, Rafael Pombo y Jairo Aníbal Niño fueron las letras que me acompañaron a emprender el camino de la lectura. Y mi mamá, la mujer que con letras de imán pegados en la nevera me enseñó a leer.

He participado de clubes de lectura en los que las escritoras no sobresalen; ni son las autoras de los grandes clásicos, ni son las más promovidas por los ministerios de cultura, ni son las más promocionadas por los sellos editoriales, ni son, por supuesto, las más reconocidas, las que nos llegan a la mente cuando de hacer un listado o una selección se trata. He leído antologías de cuentos hermosos en las que la presencia de letras femeninas es mínima, o nula. ¡Pero luego hay gritos en el cielo cuando hay una antología sólo de mujeres! Que tan excluyentes, que eso es discriminación, que así no se ayuda a la inclusión.

A la primera mujer que recuerdo haber leído fue Yourcenar. Fuegos. Lo conocí gracias a un tío que la tenía en su biblioteca, tenía unos 15 ó 16 años y quizás me llamó la atención que hablara de Antígona, obra que había visto en el colegio, presentada por las estudiantes de décimo. De ahí en adelante empezaron a aparecer otros nombres, otras letras, no por las aulas, sino por el azar, por una recomendación o por alguna tímida referencia: Ana María Matute, Laura Esquivel, Cristina Peri Rossi, algunos poemas de Piedad Bonnett, Delmira Agustini, Alfonsina Storni o Gabriela Mistral. Haciendo este recorrido, recordé que sí leí a Storni o a Mistral en el colegio, y se me instaló entonces la idea de que las mujeres escribían poesía, los hombres, cuentos y novelas. Con la vida académica tampoco hubo una gran diferencia. Me fui encontrando con Susan Sontag, Hannah Arendt y no muchas más. Hasta que empecé a investigar sobre las mujeres y el miedo y, gratamente, fui descubriendo una cantidad de mujeres brillantes, con un gran historial investigativo. A ellas les debo muchos de mis intereses hoy, muchas preguntas y el deseo de profundizar y escribir sobre las mujeres.  

Sumando entonces lecturas y ausencias, fue hace unos seis años que me hice consciente de que mi mundo literario estaba marcado por las voces masculinas, que en mi historia con la literatura aparecían muy pocas mujeres y que era momento de empezar a buscarlas. Así que empezaron a aparecer, sin mucho afán y sin mucho escándalo, iban llegando, iban ocupando un lugar en mi biblioteca o en mi memoria. Marcela Serrano, Irene Nemirovski, Simone de Beauvoir, María Teresa Andrueto, Virginia Woolf, Doris Lessing, Emiliy Dickison, Clarice Lispector, Rosa Montero… Una especial, por la historia personal que rodea el libro (repetido) que ahora tengo y que leí dos veces, una tras otra: Olga Merino y Perros que ladran en el sótano.

En diciembre, acosada por la culpa de no saberme ni sentirme cercana a las mujeres escritoras colombianas y tener en mi memoria sólo a Piedad Bonnett, algún relato de Carolina Sanín, las periodistas Patricia Nieto y Ana María Cano, algunos poemas de Meira del Mar y de María Mercedes Carranza y los recuerdos difusos de Albalucía Ángel con Dos veces Alicia, que desde que tengo memoria está en mi biblioteca, y Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, leída a brochazos mientras alfabetizaba en una biblioteca escolar, decidí acercarme a las que estaban “de moda”. Fui a El Acontista (atendida por Alejandra) y compré La perra, de Pilar Quintana, Al otro lado del mar, de María Cristina Restrepo, y Tiempo muerto, de Margarita García Robayo. Porque entonces hacernos del lado de las escritoras colombianas no es sólo postear nuestro apoyo cuando un grupo de hombres son elegidos como representantes de la literatura colombiana; es, fundamentalmente, leerlas, hablar de ellas, escribir sobre ellas. Pero como la industria tiene sus tiranías, también es necesario comprarlas, contribuir a su posicionamiento en los ranking de ventas, hacerlas visibles para que sean invitadas a ferias y eventos literarios, para que sean exhibidas en las librerías del país, para que los críticos culturales las lleven a sus páginas, para que, ojalá, los ministerios de educación las incluyan como lecturas provocadoras para la infancia y la adolescencia.

No tengo la fecha exacta en la que Aurita López escribió esto, pero como tantas de sus columnas, parece escrita apenas el mes pasado: 

“La escritura de mujeres ha recorrido un largo camino de silencio y olvido, pero vive también, ahora, un momento excepcional de rescate y apropiación. Lo que era un cuadro borroso, un retrato incompleto y desvaído se ha ido haciendo visible gracias a la tarea de mujeres que en todo el mundo están dedicadas a recuperar nombres y obra sepultadas por la indiferencia y el desdén”.

Aura López: escritora, lectora, librera. Una vida entre la escritura. 


Nota: este texto comenzó a tomar forma desde diciembre del 2017, cuando logré, al fin, darle orden a mi biblioteca para descubrir un vergonzoso porcentaje de 71-19. Hace unos días, una colaboración de Susana Rodríguez para el portal Mujeres Confiar me inspiró para traerlo a la carpeta de 2018 y volver sobre este deseo de escribir sobre mis escritoras a invisibles.