12.01.2016

Un entramado de preguntas para elegir la confianza

Confianza: la primera llave
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Hace unos días fue el Foro de la Solidaridad que hace la Cooperativa Confiar cada año. El nombre fue 'Elegir la confianza'. Bello y pertinente encuentro de palabras que posibilita pensar un verbo tan cotidiano como es ese de confiar.

¿En qué o quién confiamos? ¿Cómo se construye la confianza en el otro? ¿Por qué hay lugares o personas que nos inspiran confianza o con los cuales sucede todo lo contrario? ¿Cómo y a través de qué mecanismos se va trazando la confianza en nosotros mismos? ¿Es necesaria la reciprocidad para que exista la confianza o puedo confiar en ese que en mí no confía o ser confiable para quien no me 'inspira' confianza?  ¿Y qué hay de la relación entre confianza y poder?

He tratado por estos días de explorar la 'sensación' de confianza desde sus niveles más elementales: ¿qué me genera esa sensación de confianza? Llegar a mi casa, acariciar a las gatas, caminar por algunas calles en las mañanas, entrar a la tienda de verduras de siempre, sentarme en el Astor a tomarme un jugo de mandarina, sentarme en la acera de Córdoba a tomarme una cerveza por la tarde o a las primeras horas de la noche, algunas compañías, algunas voces. Y a medida que avanzo en la lista me pregunto entonces: ¿qué es la confianza? Eduardo Domínguez, mi profe de investigación en la universidad, fue uno de los invitados al Foro de Solidaridad; decía Eduardo que la confianza es una suerte de fe que se deposita en los desconocidos. No sé. Los efectos de una formación católica son nefastos en la concepción de algunas palabras o de algunos ritos; me enseñaron, bajo esa perspectiva, que la fe es ciega y tenerla te quita el derecho a la pregunta. Claro, decía él que cuando tomas un bus o un taxi o vas a la tienda, estás depositando tu fe en ese desconocido, y ese es un acto de confianza.

Marta Cardona se presentó a sí misma como una danzarina; su lucidez proviene, dice ella, no tanto de la lectura como del movimiento. Si alcancé a tomar nota de manera correcta, habló de la confianza como el "clima existencial de relación con el otro que es la diferencia radical y que me obliga a entender que no estoy sola en el mundo". Eduardo decía que la confianza no se elige, que llega por convicción; algo así como que está y punto, se da o no se da y no está bajo el control subjetivo de nadie; por eso, para él, no es una decisión. El clima tampoco lo es, llueve o hace sol, y tenés que estar preparado para afrontar cualquiera de los dos. Pero el clima existencial no es así de fortuito. Ese está determinado por una serie de condiciones, de construcciones sociales y ese clima existencial sí se puede elegir y transformar. ¿Hace cuánto, cómo y por qué comenzamos, por ejemplo, a confiar en las Farc?

Para esa última pregunta, podría yo apoyarme en lo que el tercer invitado, otro entrañable profe de la U. de A. definió como confianza: una sensación construida a partir de la información. Es decir, para confiar, saber. Juan Diego Restrepo, periodista y docente, cree que para elegir la confianza es necesario estar informado, tener un conocimiento que permita saber si esto o lo otro es confiable. Sin embargo, ¿cómo construyo la confianza frente a las fuentes de información? Y no hablo sólo del periodismo, pues también hay condiciones (construcciones, claro) que me indican cuando una fuente es o no confiable. Me refiero a la vida, a la cotidianidad. ¿Qué información necesito yo para confiar en doña Mary, la señora de la tienda, hincha del Nacional, que me atendió con lágrimas cuando se accidentó el avión que traía al Chapecoense? ¿Y quién me proporciona esa información? ¿De dónde viene? ¿Será esa la fe ciega en los desconocidos? ¿Será acaso el clima existencial? ¿Tendrá algo que ver haber sido criada por un tendero?

Entonces, para seguir tejiendo esta urdimbre de preguntas: ¿se confía por intuición, por costumbre, por elección? Volviendo a la fe en los desconocidos, que preferiría llamar confianza, creo también que obedece a imaginarios colectivos y patrones culturales: en quién nos enseñan a creer en nuestras familias, en la escuela, incluso en las iglesias. Y, pensando en su opuesto, también la familia, la escuela o la religión, así como los medios de comunicación, tienen una enorme capacidad de construir desconfianza, pues propagan formas de ver el mundo aferradas al machismo, al racismo, a la misoginia, a la homofobia, a la discriminación en todas sus manifestaciones, que nos impiden ver al otro, reconocerle como par, establecer vínculos. Lastimosamente, ser en exceso 'confiado' es un atributo mal visto; no confiar en nadie, no esperar nada de nadie, parecen ser actitudes necesarias para vivir mejor.

Estamos ante un enorme déficit de confianza y esa es la gran crisis de nuestra sociedad, algo así afirmó Lucía González, quien moderaba el foro. Un filósofo español, Carlos Pereda, que escribió un libro llamado, justamente, Sobre la confianza, a quien sólo me he topado en videos y aún no en sus letras, afirma también que todas las crisis son, en esencia, crisis de confianza. La crisis política como resultado de la desconfianza en los políticos, la crisis económica como desconfianza en los sistemas que nos rigen, la crisis institucional como consecuencia –y a lo mejor como causa también– de una profunda desconfianza en las instituciones. Y puede aquí jugar la dupla causa-consecuencia, por la reciprocidad que supone la construcción o destrucción de la confianza.

¿Confiar en o confiar con el otro?

En cualquier caso, ante las respuestas de los invitados, ante las sencillas elaboraciones sobre mis confianzas cotidianas y ante algunas reflexiones que he podido escuchar o leer, creo que la confianza es construcción social y cultural; creo, por tanto, que es posible elegir o no confiar en algo o alguien, puesto que a partir de la información, del reconocimiento del otro o de los imaginarios colectivos que nos indican en quién confiar o en quién no, yo creo –confío en que así sea– que el sujeto puede tomar decisiones para transformar la desconfianza en confianza, o viceversa.

Y es por ser construcción social y cultural que pongo en disyuntiva las dos preposiciones: ¿se confía en el otro o se confía con el otro? Es que no se me hace necio pensar en qué tan posible es confiar en ese que en mí no confía; confiar en el policía de la esquina cuando sé que ya me mira con recelo y desconfianza y que, en un acto de desconfianza que le encomiendan, procederá a requisar mis pertenencias; confiar en el profesor que se presenta como ser vigilante en la clase, confiar en la madre que revisa tu ropa o tus cuadernos, confiar en esa amiga que sólo habla y no te escucha... y así, un sinfín de relaciones no recíprocas en las que, desde mi perspectiva, no se alcanza a anudar eso que creo que es la confianza.

Construir confianza no sólo es posible sino necesario, urgente; así se reafirmó en el Foro de Solidaridad. Porque el hilo con el que se hace el tejido social es, justamente, la confianza. Y el tejido social supone el encuentro entre unos y otros, hacer en conjunto, dar y recibir, reconocer al otro y entregarme para ser reconocida. Así la perspectiva –y ya la misma palabra nos da la pista– creo que hay que con-fiar-con.

'La confianza no anula la pregunta'

Hay una frase de Shakespeare que reza que "La desconfianza es el faro de los sabios", la leí en un diccionario de máximas en internet que me generó confianza por ser un libro digitalizado, pues ya sabemos cómo abundan en la red las frases atribuidas a Shakespeare, a Borges y a tantos más. ¿Qué significa la frase del dramaturgo? Podría pensarse en la desconfianza como la posibilidad de preguntar, de no creer a ciegas, esa desconfianza como posibilidad de construir conocimiento, ¿como la luz en el horizonte para no navegar perdidos?

Marta Cardona aclaraba en el Foro que no hay que confundir desconfianza con duda, que "la confianza no anula la pregunta", pues la posibilidad de cuestionar, de preguntar, es consubstancial a la construcción y la permanencia de la confianza.

Vuelvo a Pereda, que afirma también que la confianza es, ante todo, una 'confianza comunicativa': confiamos en la palabra del otro, pero no sólo en sus palabras, sino también en sus emociones o sentimientos y estos se nos revelan a través de la expresión de los mismos; se trata de un ejercicio comunicativo para la construcción de confianza que nos implica y en ese implicarse, la pregunta es fundamental.

En ese sentido, también aborda Pereda el concepto de autonomía, necesaria para la pregunta y la comunicación. No se trata de ser islas, sino de tener la posibilidad de dialogar con nuestras determinaciones, con nuestras confianzas y con nuestras desconfianzas. Quizás en épocas shakespearianas la palabra 'autonomía' no había entrado en uso (y desconozco completamente la historia de este concepto) y quizás, entonces, esa desconfianza que como faro se nos presenta en la frase se refiere más a la posibilidad de la duda, de la pregunta, y a la autonomía que conquistamos para entrar en diálogo con el otro desde nuestras propias construcciones, para confrontar nuestros imaginarios, para desconfiar de las desconfianzas aprendidas y elegir los caminos para tejer y cultivar la confianza.

Jenny Giraldo García

10.09.2016

Blanco (& Negro)


Ver no es suficiente. Es preciso actuar. Hay quien ve y no ha superado el miedo. La visión correcta
sólo tiene lugar cuando 
la voluntad decide actuar sobre el miedo a implicarse totalmente
Chantal Maillard

La primera tarde fue de desilusión, algo superflua, creo; necesitaba la compañía de los más queridos, su abrazo, unos aguardientes, música para la esperanza, para sacar a flote el dolor. Al día siguiente llegó la tristeza, una tristeza compartida con esos con los que me junto a soñar con un mundo mejor y a tratar de construir, desde la democracia, una sociedad más justa, más digna, más pensante, más autónoma, más crítica y hasta más feliz. Voces quebradas, lágrimas, cuerpos débiles, ojos hinchados, silencios, desahogos; esa sensación de desamparo colectivo de los que me rodean, los que quiero, en los que creo. Desilusión y tristeza iban en ese coctel que, jocosamente, han llamado en las redes sociales 'plebitusa'.

En ese no pensar de la desilusión primaria, reaccioné poniendo como imagen de perfil un cuadrito negro: luto, dolor, silencio: así me sentía, así creía que se veía la ciudad. El negro como ausencia de luz, el negro como símbolo del encierro al que nos podía llevar esa oleada de devastación del desengaño. ¿Por qué ganó el no? ¿Por qué entre dos monosílabos tan fáciles de pronunciar se impuso la mezquindad del que negaba otra posibilidad? ¿Por qué la diferencia fue tan pequeña? Porque en esos votos, creo, fue que logró colarse la tristeza. A lo mejor una derrota contundente hubiese permitido el estallido de la rabia, la indignación, el dolor absoluto, la vergüenza, como sintieron muchos. El triunfo contundente de esa idea a la que le aposté, no, no sé qué emoción hubiese hecho saltar. Sólo sé que quedaron tambores a la espera de hacernos vibrar, que muchos abrazos se quedaron guardados, que muchos cuerpos que salieron ese día a la calle con la ilusión de bailar, decidieron encerrarse muy temprano. Sé que no rodaron lágrimas de alegría y que, si se violó la ley seca, no fue por esa felicidad que ameritaba un brindis sonriente. ¿Por qué? El negro fue mi única respuesta.

Al tercer día lo visitó la rabia. Cuando el show mediático-politiquero comenzó a tomarse las pantallas, cuando aparecieron las brillantes y novedosas propuestas del senador Uribe, cuando rondó un link con las de Ramos, cuando Cabal y Paloma tuiteaban su triunfo, cuando Ordóñez entró al grupo negociador, cuando uno podía pensar que un tinto entre dos sería el que abriría de nuevo las apuestas por la paz, cuando el genio que gerenció la campaña del no salió a decir que, como estrategia publicitaria, difundieron ampliamente que nos íbamos a volver como Venezuela, cuando Uribe salió a desmentirlo, cuando salió a retractarse y a renunciar al partido, cuando al equipo negociador tenían que entrar también grupos religiosos; cada vez que entraba a twitter, a facebook, a whatsapp; casi, casi, cada vez que sabía algo de los acuerdos, de la oposición, de proceso de paz, me habitaba esa ira que me hacía llorar y vociferar contra ellos, los señores de la guerra, los amos de la información.

Mientras esto ocurría de puertas para dentro, mientras cada día la esperanza tenía que vérselas con la rabia, la tristeza, la decepción, el miedo; el pueblo colombiano comenzó a levantarse. La Plaza Bolívar se llenó de luz, Medellín comenzó a planear su acto de resistencia, los estudiantes, las víctimas, las organizaciones, los jóvenes, los adultos, las mujeres, los amigos y las amigas, los artistas... treinta mil, quizás; treinta mil salieron a marchar. Una marcha del silencio, así se convocó. Pero quedó constatada la imposibilidad del silencio en medio de la indignación: "Antioquia no es Uribe", "No más víctimas", "Bojayá, Bojayá, no te vamos a fallar"...

¿Y cómo fue que llegó el blanco? Al fin y al cabo fue ese blanco el que me invitó a la escritura, el que apareció tras una elaboración un poco más profunda que esa reacción primaria que se tradujo en 'negro desazón'. Yo voté Sí porque creía que el Acuerdo era una posibilidad, una oportunidad, una puerta que se abría lentamente para dejar pasar –hacia adentro y hacia afuera– nuevas formas de ser en Colombia. Ese Sí en el que creí necesitaba llenarse de contenidos, no por estar escrito estaba hecho, de eso tenía certeza. Un Sí como una página en blanco, como un lienzo esperando ser pintado, como "una llave, aunque sea pequeña", primera línea del poema Blanco en lo blanco, de Eugenio de Andrade, poema que tuvo alguien a bien compartir con este blanco que no se pronunciaba.

Pero el blanco también es vacío, un abismo al que es posible lanzarse, un exceso de luz que quizás tampoco nos deja ver, el riesgo de la esterilidad ante la incertidumbre. Sí. El blanco también es incertidumbre, se parece mucho a los días que vive Colombia, a ese no saber hacia dónde debemos marchar, pero con la certeza de que debemos hacerlo; a esa mezcla de inquietud y esperanza. ¡Y qué peligroso puede resultar el 'blanco ingenuo'!, que de ese también nos toca cuidarnos en medio de lo que estamos viviendo. El blanco es también el color de las camisetas, las velas, las banderas y los pañuelos que nos han acompañado esta semana a gritar nuestro deseo de paz; es el color con el que históricamente se ha representado esa idea que nos ha esperanzado y que, al menos para mí, solía ser abstracta, pero que hoy va tomando forma: participación, víctimas, tierras... palabras de ese estilo que van trazando un mapa concreto de cómo construir la paz. Y creo que ese mapa no está en blanco, que ya hay líneas, flechas, trazos. Y que, precisamente por eso, estamos hoy frente a un combate que asusta, pero que también moviliza, que está permitiendo sentidos de ser ciudadano que muchos no habíamos vivido. Tal vez es momento de poner una capa de pintura blanca sobre nuestra democracia y volver a escribir en ella; el blanco, también, para reinventarse; siguiendo a Chantal Maillard (a quien siempre le agradezco la precisión de sus palabras), una oportunidad para implicarnos, para nuestra voluntad, para nuestra actuación.

Quizás me apresuré hace una semana al usar una imagen negra como representación del sentir de ese momento, pero también sé que a veces necesitamos encerrarnos un ratico al oscuro para reconocer los destellos de luz con mayor facilidad. ¿O cómo podríamos reconocer las figuras del Guernica –ese grito que también pide el fin de la guerra–  si el negro no estuviera contrastando con el blanco?

Jenny Giraldo García